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Carnaval en Valfloriana, caras de madera
Di Admin (del 27/02/2009 @ 01:26:04, in yo toco italiano, linkato 2710 volte)

Son las diez de la mañana cuando la Valfloriana se despierta con las campanas. No es una señal religiosa, ningún cura se está preparando para la ceremonia; es el matòcio, que, desde el alto del cerro, agita su campana apoyada en la zona pélvica, y avisa a los países en el valle de su llegada inminente y se prepara para su misión. El carnaval de la Valfloriana de esta forma puede empezar.

El camino para llegar hasta aquí ha sido largo y pesado, pero el paisaje que se presentaba desde las ventanillas de mi casa rodante alejaba todas mis preocupaciones y me daba fuertes emociones. En este momento estoy en Sicina, el pueblo más alto de la Valfloriana, donde debería encontrarme en el “Agritur Flor del Bosque” con Graziano Lozzer, el intendente del valle. A mi llegada el ruido del motor llama la atención de Vasile, un rumano que trabaja en la quesería del agroturismo. “Está Graziano?”, “no, vuelve esta noche”. Me voy a pasear, casi cae la noche, el aire es muy frío y sus alrededores son desiertos blancos; hay una paz irreal. Vasile me llama y me dice de entrar, me pregunta si me gusta la ricota y me regala una recién hecha por él.

Graziano Lozzer es uno de los principales protagonistas de este carnaval. Sus abuelos lo presentaban, luego el fenómeno empezó a decaer y casi desaparece en la década de los ’80. Solo ahora, gracias al trabajo de toda la comunidad de Valfloriana, se convirtió en uno de los carnavales tradicionales más famosos de Italia.

El carnaval se desarrolla alrededor de la historia de un desfile nupcial, en el cual el ritual se repite en casi todos los pueblos de la municipalidad; desde el más alto, Sicina, hasta Casatta del Valle y se interpreta a través de cinco personajes clave: en primer lugar los matòci o barbi, caracterizados por típicas máscaras de madera, voz en falso y actitud irreverente. Tienen la tarea de conseguir el pase de los habitantes de la comunidad, que los paran a las puertas de cada pueblo y los desafían con unos duelos verbales. Luego es el turno de los arlequines, elegantes, silenciosos, que bailan acompañados por los sonadori (músicos) que tocan el acordeón, que acompañan con la típica marcha de carnaval (marceta del carnevale) a la pareja de novios (él vestido de novia, ella, la bela – la bella – de novio); al final llegan los paiaci, los payasos, burlones y maleducados, que interpretan pantomimas sarcásticas inspiradas a los acontecimientos más importantes del pueblo de todo el año precedente. Cada etapa se cierra con la oferta de un banquete exquisito a las máscaras y al público. Considerando que las etapas son 10 o más en un camino de seis kilómetros, se llega al atardecer con el estómago lleno…pero con pocos sentidos de culpa.

Parece que la abundante nieve de la última temporada causó varios problemas de gestión a la administración pública, sobre la cual los payasos tienen mucho que decir. Entre ellos, hay un payaso con una damajuana y gran cartel atado a sus espaldas que anuncia el cierre por quiebra de la empresa vinícola: en realidad se trata de un auto ironía del hombre escondido detrás de la máscara, que prometió dejar de tomar.

Graziano interpreta con habilidad uno de los principales matòci del carnaval de Valfloriana. Agitando su campana (bronzin), corre - acompañado por su hijo Emil, pequeño futuro matòcio – hacia el siguiente pueblo y enfrenta, con el dialecto de la zona, el desafío verbal con los habitantes del siguiente pueblo, que lo esperan y le piden los documentos para pasar.

Me cuenta que en origen el matòcio no tenía que ser reconocido, por esta razón lleva una mascara y nunca se la saca, hablando todo el tiempo con la voz en falsete. En el pasado, los pueblos de la Valfloriana durante todo el periodo del carnaval organizaban cortejos “en contra” de sus vecinos y los matòci provocaban a los habitantes con los contrest (los duelos verbales), tratando de esconder su propia identidad. El día siguiente el pueblo, victima de las burlas del matòcio podía “vengarse” organizando el mismo ritual. Estos desafíos se pagaban con dinero y las mujeres no podían participar.

Hoy en día los matòci siguen utilizando la tradición de la mascara y la voz, pero todos los habitantes del lugar los reconocen. Prueben a imaginar las pantomimas que se crean cuando todos saben que detrás de aquella máscara se esconde la cara del intendente… afortunadamente Graziano en Valfloriana es muy apreciado por sus ciudadanos, por su trabajo y su entusiasmo. Su sarcasmo se acepta entonces con ironía y espontaneidad.

Son muchos los matòci y cada uno sabe que a cada etapa tendrá que enfrentar un desafío preparado con mucho cuidado. En Montalbiano por ejemplo se arreglaron dos troncos de árbol apoyados en el camino; se pedirá a un matòcio ex leñador de demostrar si todavía es capaz de ejercer este trabajo.

Cuando las pruebas se superan y los matòci lograron demostrar su habilidad, las rejas se pueden abrir y acoger el cortejo nupcial que llega bailando del pueblo anterior.

Es posible entender el sentido de este ritual solo gracias a las explicaciones de los habitantes del pueblo. Ivano por ejemplo, un veterano del carnaval, me acompaña en alguna etapa antes de que el matòcio llegue y, entre los habitantes del pueblo que preparan los banquetes y los obstáculos, descubro anécdotas curiosas sobre la vida cotidiana de la Valfloriana y sobre la interpretación de los contrest.

Llegamos alrededor de las 19hs a Casatta, la última etapa de este día tan particular. Yo estoy muy cansado y trato de imaginar las condiciones de los matòci, arlechini, paiaci, sposi e sonadori que todo el día alimentaron el significado de este carnaval tan característico. Los payasos vestidos de obreros públicos acompañan al matòcio Graziano en su difícil recorrido en una zona llena de nieve preparada y los arlequines hacen su último baile con el abrazo final de los novios. Todos están muy cansados, Graziano además debe haber dejado la voz adentro de la mascara; pero todos parecen estar muy satisfechos de cómo lograron mantener de la mejor manera esta tradición que une a toda la Valfloriana y a sus habitantes con su gran corazón.

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Agradecimientos: el intendente Graziano Lozzer y su mujer Isa, Vasilio, Emil (el pequeño futuro matòcio), Agnese y el equipo del Agritur Fior di Bosco, todos los habitantes de Valfloriana que me recibieron, me ayudaron y me contaron sus historias.