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Archivio Io Suono Italiano ?     archivio dal tango alla musica caraibica

Stefano pensaba que me iba a quedar en Cegni medio día, el tiempo de una entrevista y de alguna grabación... me quedé quince días. Por cierto, los verdes valles, el aire de paz de otros lugares, la acogida de los amigos que encontré y la música única de estos pagos, desafían el más desconfiado a negarse a una permanencia prolongada.
Estamos en Cegni y alrededores, en provincia de Pavía, en aquella zona llamada Cuatro Provincias” (Génova, Pavía, Alejandría, Piacenza), donde el territorio cultural va más allá de las administraciones de pertenencia. En esta zona de los Apeninos se mantuvo una historia vinculada a una misma música.
La primera ocasión para escucharla me la ofrecen Stefano Valla y Daniele Scurati, compañeros inseparables de música, que se exhiben para el Camino de la Música en la gran cocina azul de la casa de Stefano. El impacto es muy fuerte: un bloque sonoro fuerte, decidido, completo, que perfora el alma.
Parecen diez y en vez son dos: una flauta y un acordeón. Esta es la formación típica de la zona en la que, dice Stefano, “nunca se dejó de tocar”. Stefano es una persona con dos grandes hombros: en uno lleva la seriedad y la profesionalidad, en el otro una ironía impetuosa. Su cabeza es capaz de dosificar con sabiduría las dos fuerzas. Sus amigos dicen que es un profesional de las fiestas.

Él y Daniele son músicos y lo hacen por trabajo, “músicos”, dicen ellos. “Nosotros no somos y no queremos ser la reconstrucción de la recuperación aislada del contexto social en el que crecimos”, dice Stefano: “Nosotros crecimos en esta zona, donde vivimos desde pequeños escuchando la flauta”.
La fuerza de estos dos músicos y de otros que viven en esta zona, está en haber sido capaces de traducir los comportamientos heredados por los viejos músicos en los tiempos actuales, pero sin saltos temporales, sino más bien de forma ininterrumpida y sin renunciar a la innovación, que representa la continuación de la tradición.
 “La tradición vive en el momento en que logra mantenerse y al mismo tiempo evolucionarse. Hay que conocer lo que se hizo antes, para poder innovar. Tradición para mi es conocimiento.
Una prueba de esta tesis es lo que hicieron los viejos músicos de esta zona, cuando a comienzo de ‘900 decidieron sustituir la cornamusa (vieja compañera de la flauta), con el acordeón, “el nuevo amante de la flauta”, adecuando y reformando el repertorio “tradicional”. Entonces, ¿qué es la tradición? ¿O, mejor, “cuando” podemos hablar de tradición? Son preguntas tan absurdas como ineficaces, porque no tiene ningún sentido fijar “trabas” espacio-temporales a una forma artística y cultural en continuo movimiento.
 
Stefano me cuenta que tuvo una gran relación artística y humana con sus maestros Ernesto Sala e Andrea Domenichetti, valores que está trasmitiendo también a sus alumnos. Dice haberse dado cuenta, cuando murió su último maestro, de no tener más ningún punto de referencia y que ahora “la pelota pasó a él”. Recuerda que el mismo maestro, que vivía en un pueblito de pocas personas a la altura de 1.100 metros, decía: “Ésta música es local y europea al mismo tiempo”, y ahora Stefano y Daniele afirman: “Nosotros tocamos como los músicos de hace 100 años, pero somos también los mismos que hoy viajamos por Europa, tocando esta música”. Y la música que tocan en las Cuatro Provincias tiene que funcionar tanto en el ritual de un casamiento local, como en el escenario de un teatro europeo. “Tocando de forma cualitativamente merecedora”. La música de las Cuatro Provincias de hecho requiere de mucho estudio y dedición y, sobretodo, conciencia.
 
SEGUNDA PARTE:
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Aquí las fiestas son una cosa “seria” y tuve, entre otras cosas, la suerte y la oportunidad de participar de un casamiento. Los novios Stefano y Serena me cuentan que no se celebra más como antes, pero a veces pasa, y entonces los músicos van a buscar a la novia debajo de su casa y le dedican una canción que cuenta la separación de la familia, para entrar en la vida de pareja. Hay también otros temas dedicados a diferentes momentos del ritual y se termina como siempre en el baile final, que está abierto a toda la comunidad y no solo a los invitados del casamiento.
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El escenario de las fiestas es solamente una mesa. Es tarea del organizador de la fiesta encargarse de que la mesa aguante el peso de los músicos. La fiesta tiene sus códigos y reglas, que músicos, bailarines y participantes en general conocen y respetan desde hace tiempo. Me acuerdo que en un determinado momento del baile, durante el casamiento, alguien hizo notar a algunos músicos que hicieron durar demasiado tiempo una mazurca y los bailarines habían así perdido el sentido del baile. Stefano me explica sin embargo que no siempre donde hay un baile hay una fiesta: para convertirla en fiesta se necesita una determinada habilidad por parte del músico, su intuición y sobretodo experiencia. Al músico le toca el rol de “sacerdote” de los festejos, que debe ser capaz de satisfacer a sus seguidores-bailarines, con las piezas musicales correctas, compuestas por alessandrine, monferrine, valses, mazurcas y polcas.
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No exageramos si decimos que en estas fiestas se percibe algo de espiritual. ¿Como se podría sino explicar una resistencia física que permita a los músicos de tocar sin parar por horas y horas? Stefano habla de una especie de trance benéfica, sana, pura, que da al tiempo que pasa un significado totalmente relativo: “A veces tocamos por diez horas, sin ni siquiera darnos cuenta”.
Durante estas largas horas que nunca quisieras que terminaran, el cruce melódico de flauta y acordeón crea un sonido hipnótico. Son, sin lugar a dudas, una pareja ganadora, seductora, indisociable, única en su género y símbolo de una cultura musical que supo adaptarse a los tiempos, encontrando soluciones sabias e innovaciones geniales.
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Agradecimientos: Stefano Valla y Daniele Scurati, Massimo Perelli, Matteo Burrone, Renata Tommasella,  Roberto Cariotti y Romana, Bernard Blanc y Philippe, Adriano Angiati y los novios, Anna, Loredana, Laura, Ettore y Carla, Cleto Marini, Helen, Giorgio Carraro, Maurizio di Romagnese y Urby, Martina Catella.

 Traduccion: Sabrina Espeleta

 
Attilio Rocca (llamado también Tilion) es un acordeonista, un hombre bajo y robusto que vive en Ozzola, en Val Trebbia (PC); apenas llegamos lo vemos afuera de su casa que corta leña con una máquina que nunca había visto antes. Nos saluda y con un movimiento casi automático va hacia su bodega y sale con un salame y una gran botella de vino.
Entramos en el salón de su vieja casa que construyó él mismo y la mesa se transforma pronto en un banquete exquisito. Sobre un mueble veo una fila de cartuchos y una columna de atados de cigarrillos. Stefano Valla, indicándome estos elementos me dice “Este es Tilion”.
Stefano aquí es conocido, Tilion para él es como un padre y es él que va a buscarle su acordeón y se la pone. Tocan juntos un tema del vasto repertorio para flauta y acordeón, formación original de la cultura musical de esta zona. Hace un tiempo era flauta y cornamusa, luego el acordeón sustituyó el instrumento de acompañamiento, pero aquí se sigue diciendo “van bien como flauta y musa” haciendo referencia a las parejas felices. Tocan con mucha energía; Attilio apoya el mentón sobre el acordeón para mirarse las manos; su actitud un poco cansada y de sufrimiento parece desaparecer cuando toca las notas de su instrumento. Luego, cuando para, tose y le falta el aliento.

Es un autodidacta y se jacta de haber encontrado un hombre que un día le dijo “Los otros acordeonistas serán mejores que vos, pero me gustás más que ellos”. Antes tocaba la cornamusa, pero desde siempre deseó el acordeón y cuando pudo conseguir una, aprendía mientras hacía el pastor, arriesgándose muchas veces de perder las ovejas, perdido y concentrado con la primera canción que trataba de aprender: “La barchetta in mezzo al mare”. Después empezó la carrera de músico “hasta que no terminaron los buenos tiempos, cuando se tocaba siempre y se podía traer a casa algún dinero”; emigró a Milán para trabajar en un vertedero de autos usados, pero años después lo llama un flautista (Ettore Losini), que lo convence a volver y retomar su verdadera actividad.
Attilio es un músico innato, que nunca abandonó la música. Stefano me cuenta que cuando no tenía instrumentos había inventado un arpa en un placard,  que servía como caja de resonancia. “Tenía el oído universal y detestaba tocar en DO, pero después tuve una ‘isquemia musical’ y no soy más el mismo músico de antes”. Stefano, que es un profesional y escuchó ya a muchos acordeonistas, le asegura que su estilo no se perdió y lo alienta invitandolo a tocar otro tema con él.
Este lindo encuentro me hace viajar atrás de dos meses, cuando en Friuli, en una de las primeras etapas del Cammino della Musica, había encontrado gracias a Andrea del Favero, Eliseo Iussa (ver post Il suono tradizionale del Friuli).
Personas como Attilio y Eliseo, son los testimonios de un pasado musical aún actual que no tiene que ser olvidado, sino más bien del que hay que sacar conocimientos y aprender para llevar adelante una tradición que pueda adaptarse a los tiempos actuales, pero que sea consciente de los valores que la crearon.
Traduccion: Sabrina Espeleta
 
¿Quién podría pensar que desde aquellas pesadas campanas de sonidos desagradables que, desde el alto del campanario molestan con prepotencia la calma a su alrededor recordándote que es tarde, pueda salir una melodía capaz de encantar hasta el oído más delicado?
Es lo que pasa en los valles de Bergamo, donde un paseo puede ser acompañado muy a menudo por el eco de conciertos que provienen de diferentes campanarios de la zona.
 
Ya es de noche cuando mi casa rodante llega a Nembro, pequeño pueblo de la provincia de Bergamo, en el medio de la Val Seriana. Un chico desde afuera me hace seña para estacionar el vehículo. Luego, casi sin presentarse, me dice que necesita hacerse una ducha porque el campanario desde el que bajó estaba sucio y lleno de palomas muertas, y una de ellas cayó sobre la cabeza de un campanaro.  Nicola Persico, vice de la Federazione Campanari Bergamaschi, me da así la bienvenida y me anuncia que al día siguiente tiene que despertarse temprano para ir a tocar las campanas en la cercana Zanica.
 
El viaje para llegar hasta el lugar del concierto es acompañado por las estimaciones de Nicola sobre la altura detallada de los diferentes campanarios que encontramos poco a poco por el camino: “éste es alto 23 metros, pero adentro hay sólo 5 campanas”, “nuestro campanario tiene ocho”. Luego me cuenta algunos de sus proyectos futuros: “dentro de dos años tenemos que poder comprar otras dos campañas para el campanario de…” me entero de los precios de una campana y prefiero no escribirlo!
 
En un pueblo cerca de Nembro un cura misionero de regreso de Bolivia, a lo mejor influenciado por la vivacidad latinoamericana, hizo ingenuamente pintar las campanas de la iglesia con diferentes colores llamativos: ¡en el valle todos gritan en contra de este sacrilegio!
 
En otro pueblo hay un habitante que en su jardín hizo construir la punta del campanario, llenándolo de campanas de concierto; en el interior de su casa se pueden escuchar más de 2.500 campanas que llegan de los cuatro rincones del mundo.
 
Durante el concierto en Zanica el badajo de la cuarta campana de repente se rompió; al día siguiente lo llevaron de urgencia al carpintero especializado en campanas para ser inmediatamente reparado.
 
En estas partes se razona por “campanilismo” (en italiano significa también provincialismo N.d.T): cada localidad tiene su propio patrimonio de campanas y su propio repertorio musical y la comunidad local hasta “renunciaría” al pan de todos los días para poder contribuir al mantenimiento y al mejoramiento de las campanas del pueblo.
 
El mundo de las campanas se puede dividir en tres grupos: “campanas”, “campanas d’allegrezza” y “campanitas”. Las primeras son las que se encuentran en el campanario y funcionan a través de las cuerdas clásicas; la habilidad de los campanari que las tocan en grupo se da sincronizando el toque del badajo en la campana de modo tal que se forme una melodía con un ritmo regular.
 
Tocar d’allegrezza significa en vez usar un teclado particular ubicada debajo de las campanas, cuyas teclas grandes están conectadas a través de hilos de hierro a los badajos de las campanas. El campanaro, esta vez solista, usa los puños para hacer presión sobre el teclado y accionar de esta forma la campana correspondiente. Es aquí que se manifiesta la habilidad musical del campanaro.
Para entrenarse el campanaro no tiene que subir todas las veces al campanario, molestando así toda la comunidad… utiliza en vez un pequeño teclado de tamaño reducido, llamado “campanita”, una especie de xilófono cuyas notas son producidas por patillas con tapones de corcho, golpeadas sobre pedazos de vidrio cada vez más pequeños, formando de esta forma una escala musical.

Son justamente las campanitas que salen del canon eclesiástico para entrar en un terreo musical más profano. En el pasado de hecho era costumbre llevarse las campanitas a la taberna y tocarlas a ritmo de polca, mazurca y scottish, combinadas con otros instrumentos como el acordeón, el clarinete, la guitarra, la mandolina, el bajo etc.
Hoy en los valles de Bergamo decenas de jóvenes participan en los cursos de campanitas para poder pronto tocar la allegrezza hasta llegar a levantar con la cuerda los 25 quintales de la campana más pesada del campanario. Un buen ejemplo de esto es la escuela de Roncobello, dirigida por Luca Fiocchi, presidente de la Federazione campanari bergamaschi. Ver el video para creer.
Agradecimientos:Luca Fiocchi y los chicos de la escuela de Roncobello, Valter Biella y su familia, Nicola Persico, Giorgio Persico, organista, por haberme prestado su taller como estacionamiento para mi casa rodante; su asistente, por la cerveza y los buenos consejos, el intendente de Casnigo, los músicos: Giuseppe Signori (de Albino, hijo de Mario, campanaro en Albino), Lucio Mariani, Teresa Villa, Giampietro Crotti, Renata Tomasella.
La canción aquí abajo se llama “Salisburgo”, y se toca con campanas, contrabajo, guitarra, acordeón, ocarina, baghèt. La tradición “campanara” estaba por desaparecer, debido a los cambios socio-culturales inevitables, a la sustitución de las campanas a cuerda con campanas accionadas eléctricamente y a las restricciones de la Sociedad Italiana de Autores y Editores para controlar los repertorios: pero fue “agarrada por los pelos”, como dice el grande Valter Biella que, casi por milagro, descubrió una libreta donde un viejo campanaro había escrito a mano las músicas que tocaba en el campanario (hecho único y raro, considerando que los campanari aprendían el repertorio a oído y nunca daban títulos a las piezas. A veces sólo un número). Gracias a este descubrimiento y al trabajo de recuperación de Valter, el material de los campanari fue puesto nuevamente en circulación y hasta fortalecido por los campanari de nueva generación que, orgullosos, se repropiaron de la música de sus abuelos, dándole nuevos significados, como el tema que pueden escuchar.
 
La del Comelico(ver nota abajo) no era la primera visita del Camino a conocer la música del Cadore veneto; algunos días antes la casa rodante había desviado por estas tierras, parando antes de llegar al Trentino Alto Adige (ver nota: Música entre las nubes). La excusa era la de conocer Andrea da Cortà, que hasta ahora había podido escuchar sólo por teléfono (tengo decenas de contactos desparramados por todo el territorio italiano que me dan informaciones valiosas sobre nuestro patrimonio musical, de los cuales conozco bien la voz pero no puedo imaginarme su rostro).
 
A Andrea no gustaba la idea de que mi visita no tuviera resultados desde el punto de vista de la documentación.Quería que me fuera con la grabación de por lo menos un músico veneto. Me acuerdo que un día me había avisado que por estos pagos no está bien visto el extranjero que llega con grabadores y otras herramientas. Yo le había contestado que de todas formas era veneto. Su respuesta fue así de seca y sorprendente: “Aún peor.
 
Contra toda previsión, Andrea consigue un “sí” de un señor que toca la mandolina en Foppa di Forno di Zoldo. Tampoco él lo cree. Es un lunes muy frío y la nieve es alta, por lo menos un metro y medio a lo largo de las calles.
 
A nuestra llegada Arnoldo Alessio nos está esperando afuera... está esperando también otros dos amigos músicos, un acordeonista y un guitarrista. Me avisa que éste último no quiere absolutamente que lo filmen o que lo graben. No importa, pienso, “por lo menos puedo escucharlo yo”. Esperamos su llegada con un rico vino acompañado por un queso….habla en dialecto y yo, que soy veneto, no entiendo nada. Andrea que vive a pocos kilómetros de distancia (Pieve di Cadore) entiende, pero no todo. Es sorprendente como en Italia los dialectos sean tan radicalmente diferentes entre países tan cercanos el uno del otro.
Cuando la formación musical está completa y logramos romper el hielo, nos vamos al piso de arriba y los tres músicos sacan todo su repertorio, que varia desde la canción veneta más tradicional a la italiana más “nacional”. Tocamos también Andrea con su organito y yo. Trato de sacar los grabadores. Miro al guitarrista como un perrito mira a su dueño después de haber hecho una desgracia. Él lo piensa un momento y luego me dice Bueno, está bien! No hay ningún problema, hagamos una excepción a la regla”.
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Ya es de noche, cuando el encuentro termina; Andrea y yo estamos muy satisfechos y también los tres músicos. Nos saludamos con admiración reciproca y seguros de que las buenas intenciones y la humildad acompañadas del hacer música son capaces de unir las multitudes y abatir cualquier prejuicio.
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NOTAS INTERESANTES:
Alessio es a lo mejor uno de los últimos mandolinistas que quedaron en la zona. Cuenta que sus hijos no se acercaron nunca a esta tradición, también porque emigraron al extranjero para trabajar. Como se puede ver del video, el repertorio del grupo es heterogéneo y sus miembros dicen que aprendieron los temas a oído, escuchándolos de otros músicos o parientes, reinterpretándolos luego según su capacidad mnemónica y técnica o según sus gustos personales. Durante la noche se presentaron diferentes ocasiones en las que la misma melodía interpretada por el gurupo la conocía también Andrea, pero hacía referencia a temas diferentes (ESCUCHA LA CONVERSACIÓN EN EL MP3 AQUÍ ABAJO).Esto indica, según mi opinión, cuanto el movimiento de personas lleve consigo mismo un intercambio natural y la “absorción” de una cultura musical. Por lo tanto, no puede existir una precisa categorización de la música tradicional, ni un dominio absoluto de una música, así como un significado unívoco del término “TRADICION”.
 
Andrea da Cortà me había avisado:Si no venís a verlos en el periodo de carnaval, será difícil escucharlos luego”.  Lamentablemente pude llegar a Comelico Superiore solamente un mes después del carnaval y los únicos dos violinistas del pueblo no tienen más ganas de tocar. Para escucharlos habrá que esperar un año.En este pueblo de las Dolomites belluneses se festeja un típico carnaval con las máscaras Matazìns y Matazere (entre otras) y un desfile de músicos que tocan el acordeón, la guitarra, el contrabajo y…el violín.
 
La Asociación “Gruppo Candide” (www.gruppocandide.it) y la “Union ladina dal Comelgo” son las que me dan la oportunidad de visitar Comelico y conocer su gente y la Polca Saltata), gracias a la habilidad del gran poli-instrumentista Andrea da Cortà (al centro; ver imagen www.altei.it); me invitan para mi “Video show”: la ocasión es perfecta para realizar un sincrético intercambio de opiniones musicales Italianas/Latinoamericanas/Comelicanas.
 
La idea de organizar un “video show” nace también de la voluntad de encontrarme con los violinistas, sensibilizarlos y, con la excusa de la invitación, ver si pueden tocar algo. Lamentablemente, en el pueblo dicen que sin acordeonista los violinistas no tocan; los organizadores así empiezan la búsqueda telefónica del acordeonista.
 
Ya llega el atardecer y las luces de la sala y del espectáculo se encienden. Tengo que admitir que la participación del público del Comelico ha sido una de las más calidas (¡y después dicen que los habitantes de los montes son fríos!); todos aquí se conocen y el ambiente es de gran intimidad. Toco el último tema y a los músicos presentes en la sala les pican las manos, desenfundan los instrumentos….y se empieza a bailar. ¿Y los violinistas? Los encontraré el año que viene.
 
 
El tema del video es una Polca Saltata. Andrea da Cortà me cuenta que este tipo de baile está presente solo en Comelico Superiore, en Dosoledo, Candide y Padola. Existe también otro oasis que conserva esta música en las cuatro provincias (Génova, Alessandria, Pavia y Piacenza). En todas estas zonas el baile es el mismo, pero los pasos son un poco diferentes. Los que están presentes en la sala son capaces de reconocer la proveniencia de la pareja por el modo de bailar. El violín, utilizado en periodo de carnaval, está desapareciendo; parece que en Comelico Superiore, a parte de los violinistas “fantasma”, no hay nadie que quiera seguir con la tradición. De hecho, la introducción y la gran difusión del acordeón en el repertorio popular reemplazaron, por facilidad técnica y posibilidad de timbre, el uso del instrumento de arco.
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SEGUIMOS MANANA...
. Traduccion: Sabrina Espeleta
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Agradecimientos: Andrea da Cortà, Lucio Eiche Clere, Ass. "Gruppo Candide", Manuela da Cortà, il pubblico di Comelico, Union ladina dal Comelgo.
 
Bolzano; estoy con Robert Schwaerzer, un músico e investigador de la Referat-volksmusik; está pegado al teléfono, buscando el momento justo para descubrir la música del Alto Adige. Habla con todos en alemán y tiene buenas esperanzas, pero de repente su rostro se ilumina; levanta el teléfono y llama a Otto Dellago. Mientras habla me mira y me hace una señal de victoria: el día sábado el amigo hará su habitual salida anual en trineo con su “Trío mujeres Gardena” en uno de los valles de las Dolomites y…me invita a seguirlos.
¿Qué ocasión podría ser mejor de esta para conocer más a fondo una cultura musical muy fuertemente vinculada con el ambiente de montaña? El “Trio d’ëiles de Gherdëina cun Otto Dellagoes un grupo formado por ladinos, una minoría étnico-lingüística de aproximadamente 30.000 personas divididas entre la región geográfica llamada ladinia, que se encuentra entre el Trentino, Alto Adige y el Veneto septentrional. Este pueblo, si bien arraigado en territorio italiano, tiene una cultura, un idioma y costumbres independientes que muy a menudo han sido amenazados por los eventos históricos de nuestro país, pero que hoy en día gozan de protección y valorización.
El encuentro ha sido organizado para la mañana temprano, en un refugio de la Val di Funes que mi casa rodante alcanza lentamente entre los empinados caminos de nieve. Llego un poco atrasado, no veo a nadie y empiezo a preocuparme, pero de la parte alta del estacionamiento escucho suaves voces femeninas, perfectamente afinadas y acompañadas por una guitarra; espero que sean ellos. Voy corriendo entre el hielo con el riesgo de caerme en cualquier momento en el suelo, pero mi emoción y mi apuro desaparecen enseguida luego de escuchar estas notas y su paisaje. Y de repente, todo es paz.
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Monika, Claudia, Petra y Otto desde ya hace años ejecutan un repertorio de canciones profanas y religiosas tradicionales de la zona alpina. Entre ellos hablan en ladino, o en alemán, pero hoy estoy yo y tratan de hablar en italiano aunque dicen que no se sienten muy italianos. Otto es un poli-instrumentista, en el estuche de su guitarra se pueden encontrar pequeños instrumentos con los cuales se deleita, como la ocarina o el birimbao (marranzano / scacciapensieri), pero toca también la cetra, un instrumento muy utilizado por esta zona en el pasado. Dice que estos son los cantos que se hacían en familia, pero que ahora están desapareciendo. Ellos cantan y tocan sin objetivos de recuperación o mantenimiento: lo hacen por el gusto de compartir algunos momentos juntos.

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Entre el repertorio del grupo están también los Yodel (en la primera parte del video), que sin lugar a dudas es la música más septentrional de Italia; tan al norte que parece estar entre las nubes. Será muy interesante llegar a Sicilia y poder comparar los dos paisajes sonoros en los dos extremos de nuestro país. Mientras tanto, desde aquí arriba, llevado por las notas, miro hacia el sur, imaginándome la aventura que todavía me espera.

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VERSIONE IN ITALIANO - ENGLISH VERSION


El tema aquí abajo se llama “Ciantia d’amor - Sciche na berca zënza vënt (Poesía de amor – Como un bote sin viento). Está compuesta por Otto Dellago e interpretada por el “Trio d’ëiles de Gherdëina”. No es un tema de la tradición, como los que se pueden escuchar en el video. Toma inspiración de la tradición, pero tiene un sabor muy actual.

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Sciche na berca zënza vënt, - como un bote sin viento

o n cheder nia depënt, - o un cuadro sin pintar

sciche n ciof zënza pavël, - como una flor sin mariposa

o na nibla zënza ciel. - o una nube sin cielo

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Hice 350km, todos juntos, para volver al Friuli y llegar a tiempo al carnaval resiano. Apenas estaciono la casa rodante en Spilimbergo Andrea del Favero (ver: Música Friulana) pasa a buscarme para ir de prisa hasta Resia. En poco tiempo dejamos atrás el “Friuli italiano” y, de repente, fascinados por el paisaje, entramos en el valle resiano, que parece estar miles de kilómetros de casa.
 
Llegamos a San Giorgio di Resia y aparecen de todas partes unos raros muñecos de colores en diferentes posiciones. Dos de ellos “se aman” en frente de la iglesia del pueblo (ver: secion fotos). Son los babaz, protagonistas del carnaval resiano: uno de ellos en pocas horas terminará en el fuego, maltratado, pegado e insultado por la rabia del pueblo.
 
Todo alrededor hay un silencio total, nadie camina por la calle, no hay ninguna señal de fiesta; abrimos las puertas de la única hostería en los alrededores y nos inunda una ola de gritos y palabras incomprensibles que rompen con decisión el silencio y la paz. Andrea me indica con la mirada y me dice: “empezamos”. En el fondo, unos instrumentos de cuerda tocan al ritmo de pies que golpean en la tierra. Es la típica música resiana tocada con un violín que se llama cïtira, con cuerdas tiradas hasta los límites de la paciencia; un bajo que se llama Bünkula, parecido a un violonchelo, con dos cuerdas metálicas y una en fibra animal; el tercer instrumento son los pies, cuyos golpes acompañan toda la música. Los músicos de cïtira los usan alternando el pie izquierdo para la parte aguda de la pieza, y el derecho para la parte baja. La Bünkula se toca a cuerdas vacías y la mano izquierda se utiliza para dar vuelta el instrumento, de manera tal de hacer combinar las cuerdas con el arco; una música loca y hermosa.
 
Es hipnótica, apremiante, frenética, aparentemente siempre igual, pero escuchándola mejor uno se da cuenta que la melodía de cada pieza, que juega con un esquema de solo dos acordes, es diferente. Y los músicos que la aprendieron de memoria la saben distinguir con nombres bien precisos. El hecho de que no se haya escrito o que de todas formas se transmita a memoria, hace que esta música esté en continua evolución y que se invente siempre algo nuevo.
Algunas transcripciones del 1800 y algunas grabaciones de los años ’50 y ’60 son completamente diferentes de lo que se escucha el día de hoy: una señal clara de que en Resia la tradición es ahora! El baile, por lo contrario, es siempre idéntico, simple y mínimo y la pareja nunca se toca, a demostración de que se trata de un baile muy antiguo.
 
El carnaval resiano termina hoy, miércoles de cenizas, después de un periodo de fiesta que empezó muchos días antes, viviendo un domingo lleno de desfiles de las lipe bile maškire (lindas máscaras blancas) y las locuras del martes, último día de carnaval. Mañana, el comienzo de cuaresma marcará el final de las juergas y de la música.
 
Me siento en una mesa con dos viejos que toman vino y que hablan en resiano entre ellos, un dialecto de raíz eslovena que es totalmente incomprensible para mí. Me dicen que una vez el carnaval era una gran fiesta a la que se dedicaba mucho tiempo: cuando Resia todavía tenía 4000 habitantes se hacía ruido de verdad. Ahora que hay a mala pena 1000 personas y los jóvenes se van para buscar trabajo, el carnaval perdió su energía”. Uno de ellos me dice que llegué tarde; yo de todas formas estoy satisfecho, porque por lo que veo, mirando los jóvenes que tocan y bailan y la energía que hay, digo que podemos conformarnos muy bien.
 
Ya es casi de noche y algunos gritos llaman la atención. El babaz, sentado en el inodoro como trofeo en la extremidad del cuarto es arrastrado afuera y pegado por el pueblo. Así empieza la procesión que lo llevará hasta el centro de la plaza para quemarlo. Un desfile de músicos y máscaras de todo tipo, sin ninguna lógica y hechas con trapos y accesorios juntados uno con el otro, acompañan los gritos por las calles del pueblo, llenas de gente que quiere prender el fuego. El ritual prevé una especie de funeral al pobre babaz predestinado, que ahora parece mostrar detrás de su cara de paja, un alma en pena que lo único que puede hacer es sonreír. El pueblo resiano se reúne todo a su alrededor, susurran palabras para los pocos íntimos cerca del patíbulo, luego las llaman se levantan al cielo. El pueblo festeja triunfante y empieza a bailar.
 
Los pocos extranjeros de aquella noche estaban alrededor del fuego, tratando de descifrar los códigos amenos de este carnaval. Nada que ver con el sofisticado carnaval de Venecia o de Bagolino (Ver post: las dos almas del carnaval bagosso): este es el carnaval del pueblo que se manifiesta con toda su alma terriblemente espontánea y sin medios términos. Si uno logra meterse adentro y abandonarse a él, la diversión está asegurada y el pueblo resiano, aparentemente cerrado y aislado, está dispuesto a hacer participar a todos de su cultura. Yo creo que es justamente su cerrazón durante siglos que hace el carácter resiano tan espontáneo. Al resiano no le importa la presencia del turista. Pero si está, bienvenido sea.
 
Gigino di Biasio (ver video) es el dueño de la hostería “Alla speranza”, en la que me encuentro. Él y su hostería son el fulcro del carnaval resiano. Me cuenta que se había ido de su tierra, pero luego volvió “por razones de sangre”: dicen en el pueblo que si no estuviera él, el carnaval y la cultura resiana en general ya se habrían perdido. Gracias a algunos días pasados con Gigino pude entender los aspectos peculiares y las problemáticas emergentes de esta comunidad. Me cuenta que no se corren muchos riesgos en la conservación de la música y del baile, porque los jóvenes aman esta tendencia y se identifican con ella. De hecho, creo que la música resiana es muy juvenil gracias a su “martillazo” continuo y esquemático que crea atención y a la larga una especie de “trance” (como la pizzica en el sur de Italia). Lo que parece estar más en riesgo es el idioma que, como dice Gigino, “es parte determinante de las tres peculiaridades de la minoría resiana: el idioma, la música y el baile”.
Traduccion: Sabrina Espeleta
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Agradecimientos: Gigino di Biasio (filmato), Andrea del Favero, Giulio Venier, Marisa Scuntaro.
 
Es casi de noche, cuando mi casa rodante supera con éxito las subidas de las montañas del Trentino para llegar a la extremidad nororiental de los Alpes de Lombardia. Cruzo el punto que señala la frontera entre las dos regiones, y de repente unas personas siniestras cubiertas de mantos y sobreros negros se escapan excitadas. Son los màscher, vestidos con el tradicional ceviöl. Puede que me abran de repente la puerta del vehículo para tirarme encima papel picado…nada de grave, considerando que hace cincuenta años se hubiera tratado de pescados muertos…
En este momento me encuentro en Ponte Caffaro, en la provincia de Brescia (Lombardia). En este valle se celebra desde tiempos antiguos uno de los carnavales más característicos de los Alpes italianos, el carnaval “bagosso”. Mi contacto en el pueblo se llama Gigi Bonomelli, un virtuoso violinista de la “Compagnia dei sonadùr”, los principales coordinadores de este carnaval. Me dicen que está paseando por la ciudad tocando en los bares; lo busco pero todos me dicen lo mismo: “acaba de irse”. O aquí se llaman todos Gigi y tocan el violín, o Gigi es rapidísimo o por lo menos indeciso. Lo encontraré solo más tarde, en una hostería, junto con sus compañeros músicos.
El carnaval bagosso se realiza principalmente durante los días de lunes y martes de la última semana de carnaval, pero los músicos ya empezaron a tocar las notas de la fiesta desde el primer jueves sucesivo al día de Reyes. Sin embargo, es en estos dos días finales que se puede escuchar el espectáculo de coros de los balarì, un grupo de baile formado por aproximadamente 50 personas, vestidos con el refinado traje del ritual: la principal característica de este traje es el sombrero, hecho a mano con metros de seda muy valiosa y adornado con el oro de la familia del bailarín. Se empieza al amanecer del lunes, desde la iglesia de S.Giacomo, con una misa dedicada a los intérpretes del carnaval, luego empieza el desfile que seguirá por dos días enteros y que consiste en exhibiciones en la casa de cada bailarín, de otras personas de presencia pública o de quien ha de alguna forma contribuido e la realización del carnaval. Lorenzo Pelizzari, uno de los violinistas más activos del grupo, me cuenta que en el pasado los bailes se pedían bajo comisión y se pagaban muy bien. Hoy este sistema económico ya no se utiliza y la familia que hospeda el baile ofrece un banquete que se consuma al final de las tres piezas a ella dedicados.
Hace mucho frío, el cielo es gris y hay mucha neblina. Los colores de los balarì crean un fuerte impacto cromático, hasta paradoxal con el ambiente que me rodea. Las manos de los músicos están congeladas y me pregunto como pueden resistir por un día entero: los bailarines por lo menos tienen todo el cuerpo cubierto por paños pesados, elegantes guantes blancos y máscaras en yeso y papel. Además bailando se calientan; los músicos se calientan con su amor por el carnaval. El espectáculo, a pesar de ser replicado por dos días, siempre es emotivo y de alto nivel; el repertorio está compuesto por 24 danzas ricas de coreografías que llevan consigo antiguas simbologías de desafíos, cortejos, actos eróticos, bailes de corte. Es necesario entonces un largo periodo de pruebas antes del carnaval. La alternancia de los bailes la define el “jefe bailarín" que, a diferencia de los demás, es el único que tiene la cara descubierta y usa una trompeta de cuerno para reunir el grupo y llamar al orden. No cabe ninguna duda que en el cuerpo de baile existen elementos rígidos y militares. Las mujeres no pueden bailar y los hombres sólo después haber cumplido los catorce años; existe otro cuerpo de baile formado por mujeres y niños, pero nunca se exhibe durante estos dos días.
Las músicas de los violines “bagossi” se transmiten oralmente de generación en generación y crean uno de los repertorios más importantes del violín popular italiano: el mismo Lorenzo me explica que probablemente antes de la llegada del violín (alrededor del ‘500), estos temas se interpretaban con instrumentos de aire.
Cuando llega el atardecer y el aire se enfría aún más deciden exhibirse en frente de la última familia, antes de ir a descansar. Yo tengo los pies y las piernas dolientes, caminamos mucho, algunas casas estaban muy lejos del centro y aún no puedo creer que los balarì hayan podido danzar un día entero. A pesar del cansancio todavía hay mucha energía entre los participantes del carnaval y después de una hora de pausa nos damos la cita para la cena en una de las hosterías cercanas. Inesperadamente los músicos llevan consigo los instrumentos y después del banquete empezarán a tocar nuevamente. Empieza así la otra cara del carnaval bagosso: el rigor y la atención para los balarì, demostrada durante el desfile del día, se transforman ahora en una espontánea despreocupación musical, que llena las piezas de una energía cautivadora. Los temas son los mismos, pero la interpretación es diferente y los violinistas se olvidan de los embellecimientos precedentes, para abandonarse a una música ruda, tocada para el pueblo de Ponte Caffaro. También los balarì, sin su máscara, dejan al lado la elegancia del ritual del día para cantar libremente textos en dialecto, llenos de ironía y juegos de palabras. Tengo la impresión de que estos textos, de los cuales nadie me pudo decir la exacta proveniencia, son el testimonio de la contaminación musical entre clases sociales diferentes, como el pueblo y la corte. Tengo la impresión que durante todo este tiempo, los unos se inspiraron a los otros, insertando el estilo bagosso en una dimensión peculiar, en la que los términos usados comúnmente para indicar “tradición” y “popular”, pierden aquí su significado, siendo imposible determinar cánones temporales. Lorenzo, probablemente el miembro más tradicionalista del grupo, se queja un poco de esta actitud y preferiría mantener los cánones que les enseñaron sus abuelos. Otros violinistas en vez optan por una ejecución más “libre”, creando en esta dualidad de comportamiento musical, el justo equilibrio entre las dos caras del carnaval bagosso.
Van todos a dormir tarde, las manos están marcadas por las cuerdas de metal, mañana será el último martes de carnaval, el día más esperado. El día en que luego de este ritual el carnaval se despedirá con la Ariosa final, un espectáculo emotivo vivido por todos los habitantes de Ponte Caffaro, entre los cuales vi mucha gente llorar.
Agradecimientos: Compagnia Sunadùr e Balarì di Ponte Caffaro, la señora María, el camping de Ponte Caffaro

Aquí abajo pongo una pieza del carnaval grabada en una hostería después del ritual del día. Se llama Bosolù y el texto dice: “La caren de galina l'é buna fés col pa e chèla dèle lgiale a tocala co le ma. Dighèl de sé dighèl de no sèra la porte stanghèl de fò. Dighèl de no dighèl de sé sèra la porte stanghèl de tré. Scampì scampì potele ch'èl ria 'l bordonàl el gà le breghe rote el mossa la canàl.”

 

Son las diez de la mañana cuando la Valfloriana se despierta con las campanas. No es una señal religiosa, ningún cura se está preparando para la ceremonia; es el matòcio, que, desde el alto del cerro, agita su campana apoyada en la zona pélvica, y avisa a los países en el valle de su llegada inminente y se prepara para su misión. El carnaval de la Valfloriana de esta forma puede empezar.

El camino para llegar hasta aquí ha sido largo y pesado, pero el paisaje que se presentaba desde las ventanillas de mi casa rodante alejaba todas mis preocupaciones y me daba fuertes emociones. En este momento estoy en Sicina, el pueblo más alto de la Valfloriana, donde debería encontrarme en el “Agritur Flor del Bosque” con Graziano Lozzer, el intendente del valle. A mi llegada el ruido del motor llama la atención de Vasile, un rumano que trabaja en la quesería del agroturismo. “Está Graziano?”, “no, vuelve esta noche”. Me voy a pasear, casi cae la noche, el aire es muy frío y sus alrededores son desiertos blancos; hay una paz irreal. Vasile me llama y me dice de entrar, me pregunta si me gusta la ricota y me regala una recién hecha por él.

Graziano Lozzer es uno de los principales protagonistas de este carnaval. Sus abuelos lo presentaban, luego el fenómeno empezó a decaer y casi desaparece en la década de los ’80. Solo ahora, gracias al trabajo de toda la comunidad de Valfloriana, se convirtió en uno de los carnavales tradicionales más famosos de Italia.

El carnaval se desarrolla alrededor de la historia de un desfile nupcial, en el cual el ritual se repite en casi todos los pueblos de la municipalidad; desde el más alto, Sicina, hasta Casatta del Valle y se interpreta a través de cinco personajes clave: en primer lugar los matòci o barbi, caracterizados por típicas máscaras de madera, voz en falso y actitud irreverente. Tienen la tarea de conseguir el pase de los habitantes de la comunidad, que los paran a las puertas de cada pueblo y los desafían con unos duelos verbales. Luego es el turno de los arlequines, elegantes, silenciosos, que bailan acompañados por los sonadori (músicos) que tocan el acordeón, que acompañan con la típica marcha de carnaval (marceta del carnevale) a la pareja de novios (él vestido de novia, ella, la bela – la bella – de novio); al final llegan los paiaci, los payasos, burlones y maleducados, que interpretan pantomimas sarcásticas inspiradas a los acontecimientos más importantes del pueblo de todo el año precedente. Cada etapa se cierra con la oferta de un banquete exquisito a las máscaras y al público. Considerando que las etapas son 10 o más en un camino de seis kilómetros, se llega al atardecer con el estómago lleno…pero con pocos sentidos de culpa.

Parece que la abundante nieve de la última temporada causó varios problemas de gestión a la administración pública, sobre la cual los payasos tienen mucho que decir. Entre ellos, hay un payaso con una damajuana y gran cartel atado a sus espaldas que anuncia el cierre por quiebra de la empresa vinícola: en realidad se trata de un auto ironía del hombre escondido detrás de la máscara, que prometió dejar de tomar.

Graziano interpreta con habilidad uno de los principales matòci del carnaval de Valfloriana. Agitando su campana (bronzin), corre - acompañado por su hijo Emil, pequeño futuro matòcio – hacia el siguiente pueblo y enfrenta, con el dialecto de la zona, el desafío verbal con los habitantes del siguiente pueblo, que lo esperan y le piden los documentos para pasar.

Me cuenta que en origen el matòcio no tenía que ser reconocido, por esta razón lleva una mascara y nunca se la saca, hablando todo el tiempo con la voz en falsete. En el pasado, los pueblos de la Valfloriana durante todo el periodo del carnaval organizaban cortejos “en contra” de sus vecinos y los matòci provocaban a los habitantes con los contrest (los duelos verbales), tratando de esconder su propia identidad. El día siguiente el pueblo, victima de las burlas del matòcio podía “vengarse” organizando el mismo ritual. Estos desafíos se pagaban con dinero y las mujeres no podían participar.

Hoy en día los matòci siguen utilizando la tradición de la mascara y la voz, pero todos los habitantes del lugar los reconocen. Prueben a imaginar las pantomimas que se crean cuando todos saben que detrás de aquella máscara se esconde la cara del intendente… afortunadamente Graziano en Valfloriana es muy apreciado por sus ciudadanos, por su trabajo y su entusiasmo. Su sarcasmo se acepta entonces con ironía y espontaneidad.

Son muchos los matòci y cada uno sabe que a cada etapa tendrá que enfrentar un desafío preparado con mucho cuidado. En Montalbiano por ejemplo se arreglaron dos troncos de árbol apoyados en el camino; se pedirá a un matòcio ex leñador de demostrar si todavía es capaz de ejercer este trabajo.

Cuando las pruebas se superan y los matòci lograron demostrar su habilidad, las rejas se pueden abrir y acoger el cortejo nupcial que llega bailando del pueblo anterior.

Es posible entender el sentido de este ritual solo gracias a las explicaciones de los habitantes del pueblo. Ivano por ejemplo, un veterano del carnaval, me acompaña en alguna etapa antes de que el matòcio llegue y, entre los habitantes del pueblo que preparan los banquetes y los obstáculos, descubro anécdotas curiosas sobre la vida cotidiana de la Valfloriana y sobre la interpretación de los contrest.

Llegamos alrededor de las 19hs a Casatta, la última etapa de este día tan particular. Yo estoy muy cansado y trato de imaginar las condiciones de los matòci, arlechini, paiaci, sposi e sonadori que todo el día alimentaron el significado de este carnaval tan característico. Los payasos vestidos de obreros públicos acompañan al matòcio Graziano en su difícil recorrido en una zona llena de nieve preparada y los arlequines hacen su último baile con el abrazo final de los novios. Todos están muy cansados, Graziano además debe haber dejado la voz adentro de la mascara; pero todos parecen estar muy satisfechos de cómo lograron mantener de la mejor manera esta tradición que une a toda la Valfloriana y a sus habitantes con su gran corazón.

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Agradecimientos: el intendente Graziano Lozzer y su mujer Isa, Vasilio, Emil (el pequeño futuro matòcio), Agnese y el equipo del Agritur Fior di Bosco, todos los habitantes de Valfloriana que me recibieron, me ayudaron y me contaron sus historias.

 

 
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